
Encendió la televisión y no vio nada.
Puso la radio y se cansó de dar vueltas por el dial.
El periódico de la mañana no le dijo absolutamente nada.
Los amigos ya no estaban donde siempre.
El camarero le puso su café y la clientela era indiferente.
La familia estaba lejos y el teléfono era muy frío.
La pareja se le fue por donde vino.
Caminar le gustaba, pero no por las mismas calles de siempre.
La ciudad era otra, se la habían cambiado.
El trafico, los coches, la contaminacion, el ruido, las luces, formaban un todo indestructible.
En el piso de al lado se oían risas, aun alguien conseguía ser feliz.
De pronto le dio por escribir, por dar un repaso a su vida.
Blanco, todo lo que se le ocurría, hasta donde era capaz de acordarse tenia ese color.
Rompió la punta del lápiz en un garabato.
Pensó en el ordenador, claro, como no había caído antes....
Busco al azar información, mas no sabia que quería.
Entró en vídeos caseros, cortos de humor, catástrofes graciosas.
Los labios no se curvaban, ni hacia arriba ni hacia abajo.
Intentó leer historias, ponerse en la piel de los demás.
Ni frío ni calor.

Desconectó Internet y rebuscó viejas fotos en un cajón.
Ahora si, lo estaba consiguiendo.
Una lágrima luchaba por salir, por bajar hasta la comisura, mostrar su sabor.
Aun reticente, se aferró a la nostalgia.
Poco a poco empezó a sentir.
El alrededor perdía fuerza, y el interior se alzaba a pasos acelerados.
Con esfuerzo miró hacia la calle, aun podía esperar un poco mas.
Se sirvió una copa, encendió un cigarrillo.
Se recostó en el sofá, con las fotos tiradas a los lados.
Cerró los ojos.
Había llegado el momento.
Notó como se tranquilizaba el organismo, como se desplomaba la realidad.
Se dejó caer a un lado, en posición fetal.
Y lloró, no como un niño, que lloran con fuerza, sino como un hombre, que lloran pausados.
Abrigó la paz y el sosiego, y dentro de él, se abrieron puertas, tanto tiempo cerradas.
Sabia de antemano que donde mejor estaba era en si mismo.
Aunque cada día al despertar se esforzara por ser mas sociable.
Las cicatrices se curan solas.
Nada del exterior tiene yodo suficiente para curarlas.

Cuanta ternura, cuanta hermosura subían y bajaban por su cuerpo.
Los recuerdos.
Los errores.
Sabia que no era sal lo que le estaba echando a la herida.
Comprendia perfectamente que las cosas se superan afrontándolas.
Miel, azúcar, chocolate.
Eso es lo que se estaba dando.
Un atracón, un festín de dulzor.
Lo había tenido todo, o eso creía.
Ahora le quedaba lo mas difícil, quedarse consigo mismo.
Blandito, como una nube de golosina, así se había quedado.
Lentamente se abrió paso entre las sabanas.
Los sueños vendrían a buscarle.















